18 diciembre 2018

Nietzsche y la filosofía persa


A cargo de Luis Daniel de Moyaimages

 

“Así habló Zaratustra”, es probablemente, una de las obras más revolucionarias de la historia de la filosofía occidental No sólo ha inspirado grandes obras musicales (¿quién no se estremece con los golpes de percusión y los acordes de órgano del poema sinfónico de Strauss?), sino también ha marcado el destino de grandes hombres, dando lugar a historias de superación y también a casos de locura como el de Adolf Hitler y su delirante interpretación de Nietzsche. Sin embargo, para su opus magnus, Nietzsche escoge un personaje de la filosofía persa, no de la Occidental. ¿Por qué?
En primer lugar, para Nietzsche, la cultura occidental está corrompida desde tiempos de Sócrates, y en particular, por su cómplice en tal crimen, Platón, que desvirtuaron al mundo real de conflicto y de realidad ontológica, ya que sólo el mundo de las ideas realmente verdadero (respecto al tema de Platón como gran corruptor e la filosofía occidental, recomiendo la obra de Peter Kingsley “En los oscuros lugares del saber”, acerca de cómo Platón tergiversó por completo las ideas de Parménides). Frente a ellos, Nietzsche contrapone el continuo devenir de Heráclito, que afirma que el mundo es cambiante, y que es la única realidad que existe. Sin embargo, tan poco se sabe de Heráclito que Nietzsche no puede tomarlo como su profeta de una nueva era. Y a partir de Socrátes, todo está corrupto, no existe equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisíaco.
Por tanto, Nietzsche vuelve su mirada hacia figuras de otras culturas, y observa la imponente figura de Zoroastro. Un hombre, que de la nada, se alzó contra toda la cultura, politeísta, de su época, logrando una transmutación de los valores al establecer el dualismo entre Ahura Mazda, principio de luz, y Arhiman, principio de oscuridad (el zoroastrismo erradicó casi por completo las demás religiones existentes, incluidos cultos tan interesantes como Anahita, un dios de oscuridad del que muy poco se sabe). Zoroastro concibe al hombre como un campo de batalla entre estas dos fuerzas, el Bien y el Mal, en las que debemos ayudar al Bien a triunfar.
Sin embargo, lo que le interesa a Nietzsche no es la lucha entre el Bien y el Mal (en realidad, es precisamente esa disyuntiva la que el pretende destruir), sino el concepto de lucha en sí mismo. De lucha frente al destino, frente a lo preestablecido, venerando el caos, ese que habita en cada uno de nosotros y que está reprimido en la mayoría de los hombres, pero no en los grandes genios, donde esa pizca de locura se abre paso, como una fuerza arrolladora que dirige todos los designios del individuo. Le gusta la transmutación de valores, el establecimiento de un dualismo, que como en la época de los antiguos griegos, da equilibrio a la naturaleza, lo apolíneo y lo dionisíaco, Ahura Mazda y Arhiman.
Nietzsche escoge a Zaratustra porque es un revolucionario, un adelantado a su tiempo, un profeta, y por tanto, un alter ego del propio Nietzsche que sabe que todavía “no es mi hora”. La diferencia radica en que Zaratustra triunfó donde Nietzsche fracasó. Zaratustra aplastó al resto de religiones, y los adoradores del fuego sobreviven incluso hasta nuestros días bajo el nombre de parsis, sobreviviendo en pequeños reductos cono la isla de Ormuz, una vez que el islam llegó a Persia. Nietzsche, en cambio, era un
náufrago, a la deriva en su propia época, que con cada nuevo escrito, perdía adeptos y amigos, y sólo un reducido grupo de personas era capaz de ver su genialidad, oculta cada vez más bajo un manto de psicosis y locura.
Pero, tanto el Zaratustra real como el de Nietzsche poseen un rasgo común, definitorio: la transmutación de valores. Zoroastro asumió que el mal es una fuerza de la naturaleza tan necesaria como el bien, aunque esto no quiere decir que considere que deba vencer en el conflicto cósmico final. Ve al hombre como tránsito hacia la luz, hacia la superación del conflicto fundiéndose en la Luz de Ahura Mazda. Nietzsche, en cambio, asume que el ser humano es tránsito, pero no hacia la luz (que no deja de ser una encarnación de la moralidad que Nietzsche pretende destruir, ya que en su lugar él erigirá la voluntad de poder, que supera todas las restricciones morales, o más bien, de las falsas moralidades y de la ética de los débiles), sino hacia una nueva versión de sí mismo, el superhombre (Übermensch). El Zoroastro real transmutó los valores introduciendo la dicotomía entre el Bien y el Mal; el de Nietzsche pretende superar esa misma dicotomía, dinamitando su propia cultura en el camino (el propio Nietzsche se definía a sí mismo como “dinamita”) si era necesario para decretar de una vez por todas la muerte de Dios, con lo que por citar a Fiodor Dostoyevski, “si Dios ha muerto, todo está permitido”. Eso es lo que busca Nietzsche, un mundo donde el único criterio para juzgar si un acto es bueno o malo es el mismo deseo la capacidad de realizarlo, de llevarlo a cabo. Es la imposición de la moralidad del lobo sobre la de la oveja.
De este modo, Nietzsche recurre a una figura casi legendaria ( lo que en el siglo XIX no dejaba de tener cierto atractivo romántico) para que sea su avatar a la hora de anunciar al mundo la llegada de una nueva era, en la que no existirá ni Bien ni Mal, y una vez superada esa dicotomía por fin la revelación de Zoroastro se habrá completado.



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